Lo difícil que es ser justo con todos

Nunca vas a conseguir que todo el mundo considere justas tus decisiones. Al principio, pensaba que si se explicaban bien los motivos, si escuchaba a todas las partes y actuaba con buena intención, las personas entenderían el porqué de cada decisión. La realidad es otra.
En una misma situación puede haber dos personas que pidan exactamente lo mismo y, aun así, la respuesta tenga que ser diferente. No porque una importe más que la otra, sino porque detrás de cada caso hay circunstancias distintas: el momento de la empresa, las necesidades del equipo, cuestiones organizativas o incluso aspectos personales que no siempre pueden hacerse públicos. Y ahí es donde empieza la parte más complicada de nuestro trabajo.
Las personas no juzgan una decisión por toda la información que tiene Recursos Humanos. La juzgan por la parte que conocen. Y es normal. Todos lo hacemos.
Además, hay ocasiones en las que explicar el motivo completo no es posible. Existen límites legales, cuestiones de confidencialidad o situaciones personales que debemos proteger. Desde fuera, el silencio puede interpretarse como falta de transparencia, cuando en realidad responde al respeto por la privacidad de alguien.
Se que ser justo no significa decir «sí» a todo el mundo, ni repartir exactamente lo mismo para todos. Tampoco significa que todas las personas vayan a salir satisfechas. Para mí, ser justo significa que, si mañana otra persona estuviera exactamente en la misma situación, recibiría la misma respuesta. Significa tomar decisiones basadas en criterios y no en simpatías. Significa mantener la coherencia incluso cuando la opción más fácil sería hacer una excepción para evitar un conflicto. Y, sobre todo, significa aceptar que habrá personas que no compartan esa decisión. Y está bien, aunque no guste.
Pero hay algo que muchas veces no se ve desde fuera. En Recursos Humanos no nos limitamos a dar una respuesta. En muchas ocasiones luchamos para que las cosas puedan salir como el trabajador necesita o espera. Buscamos alternativas, negociamos, intentamos encontrar el equilibrio y defendemos aquello que creemos que puede ser bueno para las personas, siempre que sea compatible con la organización.
A veces lo conseguimos. Otras veces no. Y cuando no es posible, somos quienes tenemos que dar la cara y comunicar una decisión que, probablemente, genere decepción. Es en ese momento cuando es fácil convertirse en «los malos». Lo que muchas veces no se conoce es todo lo que ha habido antes: las conversaciones, los intentos, la empatía y el esfuerzo por encontrar una solución mejor.
Sé que Recursos Humanos no está para caer bien a todo el mundo. Está para intentar equilibrar los intereses de las personas con los de la organización, sabiendo que ese equilibrio no siempre será perfecto.
Al final, la confianza no nace de acertar siempre. Nace de saber que las decisiones se toman con honestidad, con respeto y con un criterio que se mantiene en el tiempo.
