Cómo han cambiado las expectativas de los recién incorporados

En el tiempo que llevo trabajando en el departamento de Personas y, en concreto, en selección, he podido ver cómo ha evolucionado la forma en la que muchas personas afrontan sus primeros pasos profesionales. Al menos desde mi perspectiva, también han evolucionado sus expectativas.
Creo que ahora no solo buscamos un trabajo; también queremos entender qué tipo de experiencia vamos a vivir.
Cada vez es más habitual que las personas candidatas pregunten cómo es el equipo, cómo será su responsable, qué margen tendrán para aprender, cómo se da el feedback o qué posibilidades reales de crecimiento existen.
Hoy la gente ha conocido más realidades del mundo laboral (buenas y malas) antes de empezar. Redes sociales, personas de su entorno, experiencias previas… todo eso hace que lleguen con más preguntas y menos idealización.
Además, tengo la sensación de que antes muchas personas sentían que debían aceptar la primera oportunidad que apareciera. Hoy, en muchos casos, pueden comparar, preguntar y decidir con más calma. No siempre, pero sí en más situaciones que antes.
Y eso también cambia la forma de plantearse las cosas.
Y, la verdad, me parece lógico. Si lo pensamos, vamos a dedicar una parte muy importante de nuestra vida al trabajo. Es normal querer saber cómo va a ser esa experiencia, no solo cuáles van a ser las condiciones.
Yo también sé lo que supone empezar en un sitio nuevo: las ganas, las dudas, la incertidumbre y esa sensación de querer acertar con la decisión.
También ha cambiado la forma de relacionarnos con el trabajo. Antes podía vivirse más como «me han dado una oportunidad, la cojo». Ahora, en muchos casos, como una decisión entre varias opciones.
Y quizá por eso preguntar más no siempre significa pedir más. A veces significa querer equivocarse menos.
Quizá por eso me gusta cuando en una entrevista hay espacio para que la otra persona pregunte de verdad. No para «quedar bien», sino porque realmente quiere saber si ese proyecto encaja con ella.
Muchas veces hablamos de que las empresas eligen talento.
Pero cada vez es más evidente que el talento también elige empresas.
Y, sinceramente, eso nos obliga a todos a hacer un ejercicio de transparencia: a las personas candidatas, para explicar qué buscan realmente; y a las empresas, para contar con honestidad qué pueden ofrecer… y qué no.
Una incorporación que empieza con expectativas realistas tiene muchas más posibilidades de convertirse en una buena experiencia para ambas partes.
